domingo, 8 de septiembre de 2013


PASEO POR EL PASADO ACTUAL

Hoy, por primera vez de que soy madre, he paseado por el barrio de mi infancia. Había pasado por allí en coche un millón de veces pero nada me decía aquella calle, con las casas de mis recuerdos cayéndose o desaparecidas y en su lugar modernos edificios.

Pero hoy, de la mano de mis niños he rescatado la mirada mi yo niña, asombrada por el cambio.

La casa donde yo vivía, un pequeño edificio de tres pisos, es de las pocas que se conservan desde entonces y la única abandonada, con un aire fantasmal de tiempo congelado. El pequeño patio de cemento en la parte frontal del edificio, ahora aparece agrietado,  y por esas grietas se cuelan frutos  de la Tierra: verde hierba que le da  un aspecto sobrecogedor de lugar fuera del tiempo, de risas silenciadas de otras épocas.

Y reviví mi infancia en aquel patio, mirando el abandono actual, como un anacronismo del pasado. Se mantiene en pie aquella vieja  casa entre edificios deslumbrantes. Y en ese oasis de pasado, vejado por el tiempo, mis ojos perdieron sus arrugas y volví a mi inocencia infantil, a sentir las risas de aquellos niños que fueron mis compañeros de juegos, sentí también el miedo y el desamparo porque mi mamá estaba cerca, vigilante pero lejana, inaccesible.  Su mirada reprobadora me hacía temblar, solo buscaba aquello era mío, lo que me pertenecía por derecho: su amor. Pero ella no estaba dispuesta a ofrecerlo, demasiada era su hambre, su ceguera, para poder ver el hambre de una niña.

Y así, mirando y buscando y esperando, me perdí, perdí la mirada inocente con la que miran el mundo los niños, ese momento infinito donde la eternidad se funde con el presente y el ahora lo es todo porque los niños en su esencia saben que no existe otro momento.

Y así de la mano de mis niños recuperé la mirada inocente y el perderse en el  momento. De la mano de mis niños pude volver a mirar la niña que fui, y amarla, sin los juicios de mi madre.

La niña que se escondió, para ser del agrado de su madre, para no sufrir, y escondida se olvidó de la magia de la vida, de la caricia de la brisa, de la musicalidad de la risa, de la eternidad en las manos, y se olvidó…. Y el dolor se abrió paso e inundó el campo, marchitó las  flores y la niña se durmió.

Y ahora, de la mano de mis niños sumergida en su océano respiro en el mío, el agua atraviesa mi piel y mi piel se funde con el infinito. Ahora que soy madre puedo volver a vibrar con la emoción de una niña. Y esto, renacer del olvido de la mano de mis niños, es sencillamente sanador. La niña que fui, sale de su escondite y quiere volver a oler lo que la brisa trae.


Gracias Brandán, gracias Aroa por haber elegido mi útero como primera morada.